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Texto del códice

La seca y polvorienta tierra devora las gotas saladas que salpican su superficie. Un diminuto insecto se detiene, sintiendo las vibraciones, y se escabulle dejando atrás a su invisible enemigo. Las gotas caen y los negros círculos convergen, creando un espejo para su creador.

Las emociones primarias de ser de sangre y pesar se mezclan formando un cóctel letal capaz de quebrar al más firme de los hombres. La jurisdicción de la fuerza debe claudicar ante el espíritu, ni brazo ni pecho. Solo los más sabios recurren a su santuario interior para separar su mente de una locura que lo consume. Voces seductoras susurran promesas de gloria y esperan en el débil sendero de la carne, voces que conllevan una muerte mucho peor que la que depara el plomo y el acero. Estas promesas vacías repiten lo insondable eternamente.

Viviendo entras las comodidades de las posesiones materiales es fácil confundir el auténtico significado del odio descontrolado. No alcanzar a comprender el poder de la lucha contra las creencias puras y resueltas, contra enemigos que solo escuchan a su alma. Odio incontrolado. Influenciado y, por tanto, apartado de la inocencia. La cicatriz es permanente e interna.

La lluvia, ahora roja, alimenta la deuda debida por las acciones pasadas. Se adentra más en la tierra, pues la mente es más lenta. ¿Qué le había llevado hasta la presente situación? La mente decae y se aferra a un recuerdo persistente de auténtica inocencia. Llegó a la guerra como un recién nacido llega al mundo, ignorante de los horrores y la luz del Hacedor que lo salvaría.

El sonido del metal deslizándose entre cuero le llega desde arriba, Desde el segundo en que nació hasta uno de sus últimos alimentos, su mente ha procesado y analizado conocimientos y experiencias. Es verdad que pensó que podía ser sabio a sus ojos, pero solo los más humildes reconocen saber muy poco. Prejuicios, especulaciones y todas las falsas pretensiones dejan paso al sonido del barrido del acero y, finalmente, su alma, tan preparada como secos están sus ojos en esta iluminación final, accede a su promesa en la más pura de sus formas.

—Extracto de Muerte de un templario, por ser Andrew, caballero de Andraste y archivista templario, 9:4 del Dragón

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