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Texto del códice

En los enfrentamientos directos, un adversario que viste armadura ligera y esgrime una espada corta no supone un gran desafío para un gentilhombre entrenado. Sin embargo, no todos los combates son duelos. Si das por hecho que el enemigo comparte tus valores, morirás. La única regla en la que están de acuerdo la mayoría de los guerreros es que lo mejor es no morir. Un guarda gris o el guardaespaldas de un emperador incluso pondrán en duda esto.

Un escaramuzador atacará por sorpresa y confiará en sus aliados para distraer tu atención. En un gran combate con varias tropas en cada bando siempre hay que dar por sentado que el enemigo dispondrá de dichos escaramuzadores. Cuando luches en formación no tendrás ninguna excusa para romper la guardia y perseguir una ventaja percibida; si lo haces, o tú o los que dependen de ti quedaréis desprotegidos. Cuando luches solo debes evitar los ataques que debiliten tu guardia.

En cuanto sepas que te enfrentas a dicho enemigo, sé vigilante y recuerda que posees una armadura mejor que la suya. Se esconderá, pero no entres en las sombras para perseguirlo, pues ahí será más fuerte. Te hostigará a distancia, pero no debes morder el anzuelo. Un gentilhombre merece una muerte mejor que una daga envenenada en su axila desprotegida, y esa es la muerte que aguarda a los que pierden la paciencia mientras dan caza a un enemigo que consideran que está por debajo de su honor.

Ten paciencia, sé metódico y espera a que tu adversario se rinda al miedo de tu espada y escudo. Cuando lo haga, se convencerá a sí mismo de que puede atacarte directamente, que sus armas son lo bastante rápidas para traspasar tu escudo. Entonces se moverá y podrás matarlo.

—Un extracto de Una meditación sobre el uso de la espada, del maestro de esgrima Massache de Jean-Mien, lectura obligatoria en la Academia de Gentilhombres.

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