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Ver también: Cuervos de Antiva, Madrigal

Texto del códice

El primer Cuervo se negó a hablar, incluso cuando le pusimos brasas en las plantas de los pies y le despellejamos la cara y las manos con un cuchillo de pelar. Optó por morderse la lengua hasta morir ahogado por la sangre.

El segundo prisionero repitió lo que ya sabíamos: la reina Madrigal se fue de caza y no apareció en los festejos de la tarde. Su cuerpo se halló más tarde con cuatro espadas de acero atravesándole el pecho. Le pregunté que qué sabía sobre el hecho de que una de las cuatro espadas fuese una réplica de la espada de misericordia de Hessarian. No había oído hablar de ello, o al menos eso decía. Después murió en el potro, con una leve sonrisa.

El tercer Cuervo debió de darse cuenta de que no saldría de la mazmorra con vida. Por lo visto, esperaba que, enfureciendo al maestro Fiore, se ganaría una muerte rápida. El Cuervo puso a prueba nuestra paciencia con breves comentarios mientras el maestro Fiore intentaba trabajar. En cierto momento, dijo algo sobre la madre de Fiore que no repetiré. Reconozco sentir admiración por su capacidad para mantener la facultad de hablar con coherencia, e incluso con cierto ingenio, bajo condiciones extremas.

Entre toda la cháchara inútil, este tercer Cuervo destacó algo importante. Su gremio tiene una reputación que defender. Son despiadados, eficientes y discretos. ¿Cómo mantendrían dicha fama si sus agentes revelaran habitualmente los nombres de sus patrones con algo tan "banal" como la tortura?

Esto me dio que pensar. Ordené detener la sesión. Tras meditarlo un rato, apuñalé al hombre en el corazón y solté al cuarto y quinto Cuervo que teníamos prisioneros. Si había una confesión que extraer, no se conseguiría con dolor. Recomiendo abandonar esta línea de acción.

—Un informe del capitán Aristide, encargado de investigar el asesinato de la reina Madrigal de Antiva.

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