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Acerca de la traición de Andraste

Se dice que durante la batalla de los campos de Valarian, Maferath se alzó y contempló sus ejércitos. Había conquistado la zona septentrional del imperio más grande que el mundo había conocido y había unificado los dispersos clanes bárbaros en una fuerza temible. Con su corazón rebosante de orgullo, se giró hacía sus hombres para darles la enhorabuena y descubrió que lo habían abandonado.

Maferath sucumbió al mal de los celos. Después de todo lo que había logrado, era su mujer quien estaba recibiendo toda la gloria. Contempló el poder y la influencia de su esposa, y se sintió cansando de ostentar el lugar de segundo esposo, detrás del Hacedor. La furia invadió su corazón. Si había conquistado esta tierra para que un dios olvidado y una chusma hambrienta de fe le arrebataran a su esposa, quizás aquella guerra no merecía la pena.

En este punto la historia y el Cantar de la Luz disienten. La historia nos cuenta que Maferath apuntó al norte, al centro del imperio, y no descubrió más que una guerra contra un ejército que se reagrupaba rápidamente, y se desesperó. El Cantar de la Luz sostiene que Maferath, se sintió irritado por los celos del Hacedor y la gloria de la que Andraste disfrutaba a pesar de que él había acaudillado los ejércitos.

Maferath se desplazo a la capital imperial de Minrathous para hablar con el arconte Hessarian y allí ofreció a su esposa a cambio de una tregua que pusiera fin a las hostilidades de una vez por todas. El arconte, deseoso de silenciar la voz de la profetisa que había levantado a su pueblo contra él, accedió. Maferath condujo a Andraste a una emboscada en la que fue capturada por agentes imperiales, poniendo fin a su Exaltada Marcha.

Multitud de fieles se hacinaron en la plaza de Minrathous para contemplar la ejecución de Andraste. Por orden del arconte, fue quemada en un poste, un castigo que el imperio había considerado como el más doloroso posible. Sin embargo, según la Capilla, Andraste fue purificada por las llamas y ascendió a una vida junto al Hacedor. Según todos los testimonios, allá donde esperaban gritos solo hubo silencio. Al contemplar a la profetisa ardiendo, la multitud se sintió invadida por un profundo sentimiento de culpabilidad, como si todos hubieran participado en una enorme blasfemia. Tan conmovedor fue el momento que el propio arconte desenvainó su espada y la arrojó al corazón de la profetisa, poniendo fin a su tormento y dejando a la multitud para que valorara el alcance de lo que había contemplado.

A pesar de que la ejecución de Andraste pretendía ser un símbolo de la derrota de la fe en el Hacedor, lo único que consiguió fue sellar el destino del culto a los viejos dioses y pavimentó el camino para la propagación del cántico del Hacedor.

—Extracto de Relatos de la destrucción de Thedas, por el hermano Genitivi, erudito de la Capilla

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