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Texto del códice

Veinte años en la Legión de los Muertos. He visto arañas más grandes que un bronto, madres de la camada podridas rodeadas de sus crías corruptas y cosas innombrables con la piel del revés. Pero lo peor, con diferencia, lo vi en el pozo de una mina del thaig de Heidrun.

Perseguimos a un emisario hasta un túnel sin salida bloqueado por escombros. La lucha fue terrible y acabó con mis hombres hasta que solo quedábamos cuatro. Cuando parecía que por fin íbamos a cumplir nuestros juramentos, el ruido que hacíamos al combatir despertó a algo que llevaba mucho tiempo dormido.

Lo que en un principio pensé que eran escombros, se convirtió a mis pies en una bestia de piedra que cubría el esqueleto destrozado de un hombre. Un espectro de roca. El espíritu de un enano tan maligno que hasta la propia piedra lo rechazaba. Con un solo golpe con su rocosa mano machacó al emisario y luego se giró hacia nosotros mientras nos miraba con su cráneo sin ojos. Huimos por el túnel en la misma dirección por la que habíamos venido mientras sus pisadas retumbaban a nuestras espaldas.

Al alcanzar el thaig nos dimos la vuelta, conscientes de que al aire libre no tendríamos cobertura ninguna y no podríamos escapar del espectro. Cuando llegó a la salida, golpeó el armazón que sujetaba el techo del pozo y quedó encerrado para siempre. Quizá al final se arrepintió. Quizá no era más que un alma perdida que reconoció a otra.

—De los diarios de Amrun, Legión de los Muertos

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