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Ver también: Elvhenan

Texto del códice

Antes de que las eras fueran bautizadas o numeradas, nuestro pueblo era glorioso, eterno e inmutable. Como el gran roble, eran constantes en sus tradiciones, de raíces fuertes y siempre tocaban el cielo.

No sentían necesidad de apresurarse cuando la vida era interminable. Adoraban a sus dioses durante meses cada vez. Las decisiones se tomaban tras décadas de debates y una presentación podía durar años. De vez en cuando, nuestros antepasados se sumían en un sopor de siglos, pero no era la muerte, porque sabemos que recorrían el Velo en sueños.

En esas eras, nuestro pueblo llamaba a toda la tierra Elvhenan, que en el antiguo idioma significa “lugar de nuestra gente”. Y en el centro del mundo se levantaba la gran ciudad de Arlathan, un lugar de conocimiento y debate, donde los mejores entre los antiguos elfos intercambiaban saberes, saludaban a los viejos amigos y zanjaban disputas que habían durado milenios.

Pero, mientras nuestros ancestros permanecían atrapados en el ciclo eterno de las eras, deambulando por la vida a un paso que hoy consideraríamos intolerable, el mundo ajeno a los bosques exuberantes y los árboles antiguos estaba cambiando.

Los humanos llegaron por primera vez a Par Vollen provenientes del norte. Los antiguos los llamaron shemlen o “rápidos”, y eran criaturas lastimeras cuyas vidas parpadeaban durante un instante. Cuando se encontraron por primera vez con los elfos, los humanos eran impetuosos y belicosos, rápidos en enfadarse y más rápidos aún en echar mano de la espada, sin ninguna paciencia para el ritmo tranquilo de la diplomacia élfica.

Pero los humanos trajeron consigo cosas peores que la guerra. Nuestros antepasados resultaron ser vulnerables a las enfermedades humanas y, por primera vez en la historia, los elfos murieron de causas naturales. Es más, los elfos que habían pasado un tiempo haciendo trueques y comerciando con los humanos empezaron a envejecer, afectados por las vidas impetuosas e impacientes de estos. Muchos creyeron que los antiguos dioses los habían juzgado indignos de sus largas vidas y los habían expulsado con los rápidos. Nuestros antepasados empezaron a ver a los humanos como a parásitos, lo que cree que es similar a la manera en que los humanos ven a nuestra gente en las ciudades. Los elfos antiguos maniobraron enseguida para impedir que los humanos entraran en Elvhenan por miedo a que este efecto acelerador acabara con la civilización.

—La caída de Arlathan, según fue contado por Gisharel, custodio del clan Ralaferin de los elfos dalishanos.

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