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Ver también: Objeto: Arco largo del chacal

Texto del códice

Una vez hubo un bardo en Montsimmard con un pico del oro más puro. Se llamaba Corsa el Chacal y era famoso por hipnotizar a los emperadores diciéndoles exactamente lo que querían oír, algo que le causó no pocos problemas.

Un día, Corsa se dirigía a Val Royeaux con la intención de regalar los oídos de la emperatriz Necessiteuse, cuando fue sorprendido por una gran tempestad. El agua borró el sendero y Corsa se perdió sin remisión. Con el frío metido en los huesos, decidió refugiarse al abrigo de una caverna.

¡La cueva era el hogar de un gran oso pardo! Corsa sacó su arco largo, pero el oso se le adelantó: "Estaba a punto de salir a cenar. ¡Es todo un detalle que te hayas acercado!". Miró a Corsa y comenzó a babear. "No deberías hacerlo", respondió Corsa. "Soy viejo y mi carne es dura. Comparte tu cueva conmigo y por la mañana te buscaré miel y bayas. ¡Te darás un festín digno de reyes!".

"Muy bien", accedió el oso. "Pero no te adentres más en la cueva. No te gustará lo que hay allí".

Corsa se calentó acurrucándose junto a la gruesa piel del animal. El oso cayó dormido, pero la curiosidad acerca de lo que había en el fondo de la cueva mantuvo despierto a Corsa, que al final no pudo resistir la tentación.

Allí encontró una enorme sala en cuyo centro había... ¡un enorme dragón! "Mmm", dijo el dragón. "¡Comida!".

"¡Espera, espera!" gritó Corsa. "Soy viejo y mi carne es dura. Déjame vivir y te traeré al oso".

"Creo que no", dijo el dragón. "¡Ese oso me prometió el desayuno!". Y ése fue el final del Chacal.

—"La historia de Corsa" de Cuentos para dormir para niños buenos, de la hermana Caléndula

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